Luis García Guerrero

Luis García Guerrero nació en Guanajuato, Guanajuato, en 1921. A los 15 años viajó por primera vez a la ciudad de México, donde más tarde ingresó a la Facultad de Arquitectura de la UNAM; luego estudiaría leyes en su tierra natal. Para 1949 regresó a la ciudad de México y asistió un tiempo a la Escuela de Pintura y Escultura “La Esmeralda”, donde recibió clases de Raúl Anguiano, mientras que en la Academia de San Carlos fue alumno de Carlos Alvarado Lang

En 1957 tiene su primera exposición en la Galería de Arte Mexicano, durante ese tiempo conoce a pintores como Alfonso Michel, Ricardo Martínez y Gunther Gerzo. Durante la década de los setenta ya existía un reconocimiento a su trabajo por parte de los coleccionistas, mientras que la crítica de arte dedicaba páginas a su trabajo.

Luis García Guerrero, es un pintor con una propuesta  bastante “clásica” con un preciso manejo del pincel que daba a sus composiciones una impresión bastante realista. Además de la pintura en lienzos García Guerrero elaboró dibujos con la misma precisión y realismo.Con frutas, verduras, flores y animales sobre discretos fondos monocromáticos o colocados en escenarios exteriores se podría decir que de cierta manera la pintura de este artista se caracteriza por su sobriedad y minimalismo. Sin duda una armonía visual.

En cada uno de sus lienzos de pequeño formato se destaca el fino acabado de los frutos y semillas de su tierra, flores e insectos, así como paisajes montañosos y marcos de ventanas. De esta manera, Luis García obliga al espectador a que aprecie con detenimiento la sencillez de las formas que tienen las frutas,las flores y el medio ambiente:

En la historia del arte mexicano, la obra de Luis García Guerrero ha sido, para los críticos y estudiosos de su trabajo, un tema controvertido, ya que en general los análisis que se realizan sobre los creadores mexicanos parten por ubicarlos en etapas, movimientos, influencias y corrientes estilísticas, algo que se antoja complicado en el caso del artista guanajuatense. Sobre este aspecto baste citar algunos ejemplos, para identificar las propuestas formales y temáticas, de los artistas adscritos al Movimiento Muralista Mexicano o, en el caso de la obra de caballete, a aquellos que se ubican, a partir de la década de 1920, como representantes de la llamada Escuela Mexicana de Pintura.

En los años treinta del siglo pasado, los estudiosos comentaban y analizaban las tendencias socializantes que se dieron en el arte, sobre todo dentro de la gráfica, donde la problemática política ocupó un lugar preponderante. Más adelante, los críticos hicieron alusión a otros movimientos como el surrealismo, las tendencias metafísicas o el realismo mágico y ya para los años cincuenta se menciona a la llamada generación de la Ruptura. Esta última abrió paso a la abstracción, para desbancar, de algún modo, al figurativismo mexicanista. Como culminación, se señala el desarrollo de un sinfín de propuestas plásticas encauzadas por los postulados y proposiciones internacionalistas.

Bajo estos parámetros, los críticos, historiadores y escritores que han tomado la iniciativa de analizar la obra de Luis García Guerrero, como Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, Luis Cardoza y Aragón, Martha Traba y José Chávez Morado, entre otros, concuerdan con la tesis de que este artista, antes que ubicarlo dentro de movimientos, tendencias, modas o estilos, fue un creador que tuvo la disciplina del color, el manejo del pincel, el dibujo equilibrado y la propuesta de una adecuada composición, que lo tornaron un pintor virtuoso que disfrutó con pasión su oficio y, por ende, es complejo encasillarlo dentro de alguna corriente estilística.

El artista atravesó por la creación de los diversos géneros, como el retrato, el paisaje, la naturaleza muerta, así como por las tendencias figurativas y abstractas con las que logró recorrer una vía certera que, con los años, le permitió depurar su creatividad y profesionalismo, para descubrir, en la aislamiento de sus pinceles, de sus óleos, de sus lienzos y de los objetos cotidianos, el disfrute de su creación. Así, rompió con los tabúes y con los prejuicios, se apartó de la crítica y legó una copiosa obra en la que se trasmina —a través de su biografía— sus grandes pasiones: los minerales, los dulces, los pinceles del abuelo, las imágenes del arte europeo, los cerros, las frutas, los panes, los insectos.

Luis García Guerrero se internó en su mundo, lo hizo propio y lo donó en múltiples y coloridas piezas. En sus cuadros aparecen la pera, la granada, el elote, la lima, el aguacate, el salsifí, como tema, como personaje, como elemento prioritario. Son, no sólo el contenido, el objeto artístico, el argumento que cobra vida. En sus lienzos estos elementos ocupan un lugar más allá del que, generalmente, se les ha otorgado. Así, resulta trascendente que se revalore a creadores mexicanos como Luis García Guerrero, se den a conocer en los espacios museísticos del país y tengamos, de esa manera, un conocimiento más amplio de ellos.